La final

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La defensa del título
Los jugadores rusos abrazan a Sergei Makarov ©Sportsfile

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La defensa del título

Fue una de esas veladas que parecen ideales para un partido de fútbol. El clima no era ni frío ni cálido. El cielo gris no dio excusas para perder de vista el balón contra la puesta del sol o las luces artificiales. El césped en el Estadio MSK Žilina no estaba lejos de la perfección, con el balón rodando suavemente sobre una superficie que había recibido una copiosa lluvia días antes de la final. El Presidente de la UEFA y el ex Presidente de Eslovaquia Rudolf Schuster estaban entre el público que era lo suficientemente numeroso como para brindar apoyo a ambos equipos. La ocasión tenía todos los ingredientes menos uno: por primera vez en once años no se marcó ni un gol en la final.

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Las imágenes previas al partido ciertamente proyectaron ganas de ganar. El banquillo italiano se paró con los brazos entrelazados mientras los jugadores cantaban el himno nacional. A su derecha, la delegación rusa mostró una fraternidad parecida aunque con el entrenador Dmitri Khomukha un metro más adelantado a sus colegas en el área técnica. Como los equipos se habían enfrentado seis días antes en la fase de grupos, su preparación se había basado en una experiencia de primera mano. Iba a ser complicado encontrar un factor sorpresa.

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Los rusos se mantuvieron esperanzados en su formación 4-3-3 con Rifat Zhemaletdinov jugando su primer partido de inicio a expensas de Aleksandr Makarov en la banda derecha. Daniele Zoratto formó el equipo que había jugado la semifinal ante Eslovaquia, pero realizó un ajuste estructural en la línea de su centro del campo para pasar en su 4-4-2 a un rombo en vez de una línea de cuatro. Su táctica de adelantar más a un hombre para contrarrestar la calidad del centrocampista Sergei Makarov surtió un efecto inmediato. Con los italianos ocupando los últimos tres cuartos de campo, Luca Vido probó suerte desde larga distancia y un gran pase interior hacia Steffè obligó al portero ruso Anton Mitryushkin a estirarse al máximo a toda velocidad. Alberto Cerri disparó desviado tras controlar un balón con el pecho. Andrea Palazzi robó un balón y sirvió otro pase filtrado. Hubo una gran combinación en la banda izquierda entre el lateral Federico Dimarco y el extremo Steffè, y el central Elio Capradossi, un peligro constante a balón parado, estuvo cerca de marcar de cabeza tras un tiro de esquina.

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Todo esto sucedió durante un primer cuarto de hora de monólogo italiano. La única oportunidad que tuvieron los rusos durante ese tiempo fue cuando Giacomo Sciacca midió mal un balón aéreo y le dio la oportunidad al delantero Ramil Sheydaev de probar suerte tirando a portería. Además, el dorsal 19 ruso gastó calorías corriendo para presionar a los defensas y al portero rival sin mucha fortuna y no fue hasta en los últimos compases cuando pudo hacerse con el balón en un lugar potencialmente peligroso.

La selección rusa se concentró en tratar de aguantar las embestidas de su rival. Los ataques italianos se basaron en combinaciones y mucho movimiento en el centro del campo, abriendo el balón a los extremos con mucho apoyo por parte de los laterales, especialmente Dimarco en la izquierda, y la amenaza del potente delantero Alberto Cerri. Defensivamente, las líneas adelantadas de su rombo en el centro del campo se adelantaron a las incursiones rusas, obligando al central Dzhamaldin Khodzhaniyazov a retroceder para ceder el balón a su portero hasta en seis oportunidades durante un período corto de tiempo mientras trataba de buscar espacios para habilitar a sus compañeros en el centro del campo. Inusualmente, el protero tuvo más posesión que algunos de sus compañeros de campo.

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Khomukha transmitió un lenguaje corporal tranquilo. Pero tenía mucho que gritar mientras su equipo trataba de controlar las internadas de su rival. A su izquierda, el normalmente vociferante Daniele Zoratto podría haberse permitido un grado de satisfacción. Su único momento de ansiedad llegó cuando el meta Simone Scuffet se tropezó en un pase atrás y se vio obligado a deslizarse para echar el balón al tiro de esquina. O cuando los rusos llegaron con peligro en una jugada a balón parado. De otra forma, los últimos compases de la primera parte dieron imágenes de Italia dando pases filtrados y los rusos aguantando las llegadas de su rival y viendo de forma ansiosa a su portero. Los balones en largo para los extremos fueron como darles pan a los patos, fueron escupidos y los italianos volvieron a por más. Cuando el árbitro griego pitó el descanso, los rusos habían estado contra las cuerdas durante 40 minutos, pero las cuerdas habían aguantado firmemente.

Durante el descanso, Khomukha realizó un cambio hombre por hombre en su banda derecha, pero nueve minutos más tarde, hizo otra modificación mucho más significativa dando entrada al delantero Aleksei Gasilin por el extremo izquierdo Alexander Zuev, con vistas a ofrecer dos opciones en el ataque y una posible mejor efectividad en las segundas jugadas. Rusia se metió en el partido en términos de quitarle campo a Italia y la tranquilidad con la que se pasaron el balón en la primera mitad no fue la misma cuando los periodos de juego se redujeron a pelear por el balón.

Con todas las sustituciones hechas y sin ningún cambio sustancial en la formación de ninguno de los dos equipos, el partido se desvaneció al mismo tiempo que llegaba el ocaso en tierras eslovacas. Los italianos estuvieron frustrados por los buenos reflejos del guardameta ruso, especialmente impresionante cuando detuvo un buen disparo de Luca Vido, además de con sus ocasiones erradas en los últimos metros. Rusia dejó su coraza creando llegadas al área italiana, pero sin poner en excesivos apuros a Scuffet. De hecho, cuando el árbitro pitó el final del partido, Rusia no había tirado entre los tres palos.

Sin embargo, una de las virtudes mostradas por Rusia fue la fortaleza mental, algo que ya demostró en la estresante semifinal frente a Suecia, en la dura batalla ante Italia en la fase de grupos o en la maratoniana tanda de penaltis que le permitió meterse en la final. Mientras los entrenadores se preparaban para la decisiva tanda de penaltis, los jugadores rusos creían que, tras haber sobrevivido hasta ahora, la suerte estaría de su lado.

Mitryushkin, que sólo había encajado un gol en todo el torneo, hizo los deberes parando el primer lanzamiento del italiano Davide De Molfetta. Cuando también paró el tercer disparo de Sciacca había razones para pensar que el trofeo caería en manos de los rusos. Pero entonces Scuffet salvó los dos siguientes lanzamientos rusos y la emoción volvió al estadio. Mitryushkin paró el penalti número 13 lanzado por Andrea Palazzi y Sergei Makarov no hizo pasar más nervios a sus compañeros y convirtió el decisivo lanzamiento.

La alegría en el equipo ruso se desató, con sus jugadores aún incrédulos al pensar que se acababan de convertir en campeones de Europa a pesar de haber ganado un único partido. Mientras cruzaban el campo bailando y celebrándolo ante sus aficionados, los futbolistas rusos también tuvieron un detalle deportivo cuando fueron a animar a los desconsolados centrocampistas italianos Mario Pugliese y Palazzi. El equipo de Zoratto ganó en cuanto a puntos sumados pero los chicos de Khomukha lo hicieron desde los once metros. 

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